27 dic. 2013

El Constitucionalismo contra el Pueblo ¿Cuándo al revés?



“Afirmo, pues, que no siendo la soberanía sino ejercicio de la voluntad general, jamás deberá enajenarse, y que el soberano, que no es más que un ser colectivo, no puede ser representado sino por él mismo: el poder se transmite, pero no la voluntad. […] Si, pues, el pueblo promete simplemente obedecer, pierde su condición de tal y se disuelve por el mismo acto: desde el instante en que tiene un dueño, desaparece el soberano y queda destruido el cuerpo político”.
El contrato social. Libro II Capítulo I. J. J. Rousseau

Con apoyo de la cita de Rousseau, autor que paradójicamente ha servido para cimentar las bases del Constitucionalismo, se revelan argumentos y conceptos para desmontar la falacia que legitima una Constitución por “Voluntad General”. Romper con ese imaginario de aceptación jurídico-formal resulta una de las primeras tareas para quienes quieran construir una sociedad sin despotismo, donde valores como justicia y libertad no sean eufemismos en cartas (magnas) escritas con sangre.
La estrategia del poder ha sido martillear por siglos al pueblo hasta reducirlo y domarlo, convirtiendo su autodeterminación en una incierta capacidad para elegir el vicio y no la virtud, lo cual, no exime la responsabilidad del pueblo en su dejadez. Por ende, la soberanía popular sufre un proceso histórico de enajenación que se remonta al pasado, y tiene un punto de inflexión en la promulgación de la Pepa (1812). Con la declarada ley suprema se implanta una estructura de Estado central moderno y se mete a las gentes del territorio peninsular en (cintura) del liberalismo.
Conforme estudia Félix Rodrigo Mora en su artículo El Concejo abierto y el Mundo Rural Popular , “el vuelco liberal tiene como uno de sus primeros propósitos extinguir el régimen de concejo abierto y poner fin a lo que aún subsistía de la autonomía del municipio”. El ataque a esas instituciones populares destruye la “vida en común y la convivencia hermanada”. Igualmente, al desmantelar esas formas de organización, se escamotea también la única democracia que puede ser llamada como tal: asambleas populares. En definitiva, el laberinto del Constitucionalismo encerró al pueblo (de pueblos peninsulares) que, coaccionado acabaría por obedecer al parlamentarismo, perdiendo así, s u condición y palabra.
En posición de la oligarquía, el contexto exigía un cambio histórico para hacer competitivo al Estado (frente a otros como Inglaterra y Francia) y proyectar el continuum capitalista. De modo que, las élites políticas, al calor de las revoluciones liberales, pretendían cultivar un imaginario de nación soberana. Para convenir esos intereses al mismo pueblo y obtener cierta aceptación, el poder también tenía que liquidar su arraigo cultural. Lo cual, equivale a desnaturalizar el cuerpo político de las asambleas autónomas y soberanas, convirtiendo a sus integrantes en sujetos sumisos, atomizados y dependientes del dinero.
El poder en (re)forma se moderniza, la organización del Estado, entonces absolutista y más débil para el control interior y de ultramar, se hace más fuerte. De fondo, se siembran los valores burgueses (destacados de principios constitucionales de la tradición anglosajona) de propiedad privada, exclusivo a las élites urbanas y se decreta (sobra decir que ilegítimamente) la expropiación del comunal mediante desamortizaciones.
La norma no es suficiente si se carece de la fuerza física o psicológica para ejercer el dominio. El motivo constitucional no era otro que apuntalar ese objetivo de dominación, pero el ente liberal no contaba con la aprobación de las mayorías. De ahí, que se hiciera uso del potencial castrense, pues el ideario común de las gentes era difícilmente mutable en ese contexto. A día de hoy se han producido importantes cambios, dado que, es un hecho constatable que aparatos de gran sofisticación —como los instrumentos de propaganda que insisten en homogeneizar y hacer masa dócil y consumista, y la fuerza de represión policiaco-militar— resultan indispensables para cultivar el miedo y sostener este consentimiento actual.
Para este tiempo, el pueblo está prácticamente disuelto y su voluntad ha sido domesticada en conformismo, antónimo de libertad. ¿Dónde queda el principio de autodeterminación? La lucidez del filósofo Heleno Saña en su Breve tratado de Ética alumbra sobre el asunto: “A la conciencia del hombre de nuestros días pertenece el sentimiento de castración, surgida de la intuición o certeza de que no puede cambiar esencialmente el orden reinante en el que está y de que está condenado a aceptarlo como una realidad definitiva”. En efecto, el pueblo yace preso de su propia debilidad, de su soledad, de un vacío interior, de egoísmo y de incultura , a excepción de algunas personas y pequeñas comunidades con medios estrechamente vinculados a unos fines nobles.
La Constitución de 1978 es el fruto del consenso de la partitocracia para “consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley”, como dicta su Preámbulo, pero en ningún caso “como voluntad popular” como hemos visto. Precisamente se consolida la forma político-jurídica dictada desde arriba, a modo de derecho romano dirigido por el poder y en interés del propio Imperio. El derecho, en cuanto a ordenamiento posterior al pensamiento y a lo moral, puede ser diverso, entre tanto: jerárquico u horizontal como lo ha sido por siglos el derecho consuetudinario plasmado en numerosos fueros de los pueblos peninsulares.
A cerca de Lecciones de Teoría Constitucional distingue Antonio-Carlos Pereira Menaut: “Desde un punto de vista material, la Constitución consiste básicamente en la sumisión del poder al Derecho”. Pero, siendo nociones jurídicas forjadas en ideas y maneras de ver el m undo, y no matemáticas, ¿qué sucede si ese Derecho significa la voluntad de poder? ¿Y si a quien se obliga a su cumplimento se niega, entre otras cosas, por contar con el propio derecho a todas luces más ético? Así, sucedió un enfrentamiento entre lo popular, por la defensa de aquellos valores contrapuestos y, el poder, por el mando y abuso de la indigna ley.
En resumen, el constitucionalismo decimonónico se valió de un siglo de guerras para imponer su tiranía. La desobediencia de aquellos municipios rebeldes mostró que no tenían dueños y, por tanto, eran soberanos. Pero, no obstante, fue derrotada por su antagonista liberal sucesivas veces y humillado durante el franquismo y la misma democracia.
Para reponerse de tantas derrotas, se debe pensar en el cómo y el porqué de aceptar una Constitución. Probablemente, el cómo sea un proceso histórico de perversión, anulación y absorción del pueblo; y el porqué son los intereses del Estado y el capitalismo, claramente incompatibles con “los ideales muy enraizados en el alma hispana”, según medita Heleno Saña en su Atlas del Pensamiento Universal. Estos iban “desde el sentido de la igualdad y de la justicia no formal, al individualismo y la rebeldía, sin olvidar el fondo religioso”.
Por estas razones esencialmente humanas elevo el disenso Constitucional, porque el pueblo no puede ser representado en ningún caso, y esas maniobras de juriconsultos subyugan la voluntad. Más allá del contenido alarmante y laxo de varios de sus artículos (véase el apartado 1º del art. 55 De la suspensión de los derechos y libertades: “cuando se acuerde la declaración del estado de excepción o de sitio” ), y de su ejercicio parcial y amoral como mecanismo en provecho de unos pocos, la Constitución Española vive por la neutralización del pueblo y el robustecimiento del poder. Es por ello, que ninguna reforma contiene una mejora, sino, al contrario, un poder central constituido.
Si deseamos ser pueblo necesitamos, con un gran esfuerzo de reflexión histórica, desmontar la legitimidad del Constitucionalismo y desafiar con ideas el poder al que sustenta. Mejorar la suerte popular empieza por reponer de la enajenación sus más valiosas raíces y, plantarlas de nuevo para ver crecer el sentido de justicia desde bien abajo. Sin “deber moral” y “espíritu de sacrificio”, jamás se doblará el despotismo ni se recobrará la Voluntad General. Hablemos de emancipación, imaginemos ese horizonte mientras buscamos sin cesar aquellas soberanas raíces.

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